Huerta en departamento: mi primer tomate, una historia de amor

Es el primer fruto que tengo de mi primera tanda de plantitas de huerta adaptadas al poquísimo espacio que tengo para estos menesteres. Hablando de fetiches, lo fuí fotografiando esporádicamente al punto que, solito, se fue armando un mini álbum del proceso en que una semillita cualquiera se convirtió en un tomatito feliz.

Vale comentar que, desobedeciendo todas las recomendaciones de los expertos, planté las semillas a fines de mayo o principios de junio. Totalmente fuera de época, lo se. Las posibilidades estaban en contra pero el invierno se hizo esperar y hubo lindos días templados y con sol, hasta que una mañana apareció esta incipiente critaura…

Fue creciendo a fuerza de resguardarlo de las heladas y los vientos polares (fue crudo este invierno en Buenos Aires). Parece que los tomates, con menos de 10 grados tienen frío así que me cuidé mucho de que no se resienta por las bajas temperaturas.

Cuando el sol ya estaba alto en el cielo, lo cubría con una bolsa plástica para que oficie de “invernadero” y se aprovecharan mejor los rayos de luz, y lo sacaba a la ventana. A la tarde, vuelta al calorcito del hogar.

En la tierra cada tanto iba poniendo cáscara de huevo triturada y hojitas de te para nutrirla. Claro, las mosquitas que se alimentan de esos desechos proliferaron, con lo cual si tienen una forma mejor de abonarla, vayan con esa técnica. A no ser que les guste tener mosquitas, obvio 😛

Cada vez que lo miraba pensaba Tomates verdes fritos aunque en la vida mirá la peli… y un día lo saqué a “tomar” lluvia…

Este fin de semana amaneció como “prendido fuego”. ¡Mi tomate había madurado! Cada día está un poquito más colorado el gordito y pronto irá al plato. Llámenme loca pero no me lo comí y ya lo ando extrañando…

Me imagino que algunos de ustedes pensarán que se necesita tener mucho tiempo libre para andar cuidando tanto a un simple vegetal. Lo cierto es que eso de sobreprotegerlo como a hijo único -así como hice yo- es opcional, podés tener tus plantitas con un espíritu más de crianza independiente también y van a estar igual de lindas.

Como sea, recomiendo ampliamente tener la huerta propia en las capacidades que se pueda (verticales o tipo permacultura). Así uno no sólo tiene al milagro de la vida desarrollándose gratuitamente en la ventana sino que es altamente terapeútico y gratificante. Una aprende a valorar más los frutos de la tierra y la necesidad de que sean más naturales.

Mi primer tomate en maceta ha sido una historia de amor. Ahora viene la primavera y ya estoy pensando de qué otros vegetales, aromáticas y florales me voy a enamorar. ¿Vos?