7 cosas de Mendoza que me encantaron

1) Acequias

Una de las primeras cosas que noté al llegar fueron estos canales en medio de las veredas y las calles. En mi ignorancia, primero, creí que eran como desagües descubiertos y me parecieron algo peligrosos. ¡No dudo que en cualquier distracción te vayas derechito al hueco! 😛 Por suerte mi desconocimiento duró poco: pronto en un tour el guía me desasnó: éstas son acequias, ductos por los que fluye la preciada agua de deshielo y que ayuda a hacer de esto una ciudad y no una zona desértica.

En una región donde apenas llueven 200 mm al año, las acequias sirven para regadío y permiten tener las calles arboladas más bonitas que he visto hasta ahora. Porque si hay algo que abunda en Mendoza Capital es el verde y los árboles… ¡un placer! Caminás y la sombra te ampara a cada paso. Así cualquiera sale a hacer footing… ¡gracias a la comunidad indígena de los huarpes que siglos y siglos atrás hicieron el trabajo colosal de marcar la tierra y construir las primigenias acequias!

Es gracias a las acequias que Mendoza reboza de arboleda, sino luciría más o menos así, con su vegetación típica de zona árida:

2) Buenas y sustentables opciones para el transporte

Hay bicisendas, no son tantas aún ni tan concurridas, la verdad -al menos por lo que pude juzgar en mi estadía-. Pareciera que los mendocinos prefieren hacer mountain bike o competición antes que usarlas para transportarse. Pero lo bueno que hay es que además de los colectivos tradicionales, en la capital funciona un tranvía muy bonito que une con los departamentos cercanos (Maipú, Guaymallén, Godoy Cruz, etc.) La verdad es que lo tomamos en todo su recorrido y lo recomiendo por su rapidez y comodidad.

El otro punto que suma a favor Mendoza Capital en la movilidad sustentable es el trolebús. Menos contaminante que los colectivos a combustible y menos ruidoso. Además, por dentro, muy amplios. Bien ahí.

3) El Parque San Martín o cómo convertir lo árido en arboleda por doquier

Mendoza Capital tiene muuuchas plazas. Todas lindas, todas de medianamente a muy cuidadas, ¡todas con bebederos! (esto me parece algo genialísimo, porque podés salir a caminar, correr, hacer ejercicio e hidratarte sin necesidad de comprar bebidas embotelladas.) Tienen fuentes de agua y detalles en su decoración… bueno, son un placer. Pero el Parque San Martín se lleva toditos los premios.

Vean, esta foto esta tomada desde la montaña y ahí se nota claramente que es el colchón/pulmón verde que limpia el aire que baja de los picos -los faros que sobresalen en la arboleda es porque debajo está el Estadio Mundialista, que fue hecho en una depresión del terreno para no enturbiar el paisaje-.

El Parque fue diseñado por Carlos Thays, famosísimo paisajista que dejó su legado en toda Argentina. Se creó luego del terremoto de fines de siglo XIX que redujo a la mitad la población mendocina y todos los ejemplares fueron traídos de diferentes partes del mundo. Recordemos que la vegetación aquí es árida por lo que no existen especies autóctonas en la zona.

Recorrer el Parque San Martín es otro lujo para los que amamos el verde. Cada calle está forestada con una especie particular de árbol, y así están el Paseo de los plátanos, de las tipas y de las palmeras:

¿Cómo crear semejante parque en medio de la escasez de agua? Thays lo resolvió fácil, teniendo un lago artificial con agua de deshielo para irrigar toda la zona:

Dentro del Parque hay mucho por ver, les recomiendo perderse en él.

4) Ellas, las montañas

Haciendo del cielo algo más majestuoso aún, ellas, las montañas, ondulando la visual, abrazando la ciudad, haciéndonos sentir su omnipresencia. Así sea en Los Reyunos, subiendo en aerosilla para sentirse un poquito más “a su altura”:

Así sea pasando Potrerillos, a orillas del río Mendoza. Caminándolas, adentrándose en ellas, viendo las piedras y sus colores, surcando sus quebradas y dibujando sus caminos, haciéndose camino a su cima. Oyendo su silencio. Perdiendo un poquito el aliento al encaramarnos en su lomo pedregoso.

5) Sus sabores

Si bien no encontré un sabor exclusivo de Mendoza como sí lo encontré en el Norte Argentino con sus humitas y tamales; sí encontré muuuchas cosas ricas. Las tortitas en su variante mendocina son una exquisitez para acompañar la mañana o la mediatarde (no merienda, ojito.)

Salada, grasosa un poquito en exceso, recién salida del horno, llenadora a pleno. Así es la tortita que es un clásico que también se come riquísima en Córdoba, Tucumán y Salta -hasta donde pude comprobar-. Económica y tradicional. Tenés que probarla.

¿Creían que no iba a mencionar entre las 7 cosas que me encantaron de Mendoza al vino? ¡Ni ahí! Los vinos son lo más de lo más. La tierra mendocina es ideal para que las vides crezcan felices y, así, los mejores vinos proliferan. Si bien son muchas las bodegas recomendadas, me detengo sólo en una: La Abeja en San Rafael. Pequeña y con mucha historia, fue la primera en instalarse y en torno a la cual nació la ciudad. No les adelanto más, sólo les digo, si van por allí, no dejen de conocerla 😉

En Mendoza Capital, ¡heladossssss artesanales! Delicia si las hay, el de la heladería tradicional Perín es otro imperdible. Hechos con el cuidado y el cariño de quien respeta la tradición, los sabores frutales son los recomendados por estar hechos con verdadera fruta: pomelo rosado, frutilla, naranja… mmmmm…qué ricoooo. Encontrala en Av Sarmiento y Av Belgrano.

La “contra” de Perín son los Ferruccio Sopelza. Más industrializados, son buenos, pero lo que más me gustó de ellos es este camioncito en medio del Parque San Martín:

6) La figura de San Martín y la historia en cada rincón

Pensar que la gesta libertaria tuvo como escenario a esta ciudad, ver por las montañas que se aventuraron, ver la bandera que las mujeres patricias bordaron por primera vez en la historia argentina para que nuestro prócer llevara en sus combates, ver todos los monumentos que evocan a esta persona que se transformó en héroe, todo, es más que emocionante.

7) Viajar

Viajar es la mejor manera de abrir la cabeza. Cada vez que viajo, más aprendo. Eso me hace feliz.

Fotografías: propias y de Santiago Callone